Ella tomó el cráneo con ambas manos firmemente. Aún se podían apreciar restos de carne entre los recovecos dónde era más difícil que entrasen sus delicados dedos. Extendió los brazos para verlo mejor. Poseía un tinte rojizo y seguía sintiéndose un tanto húmedo y pegajoso al tacto. Olía a vida.
Arqueó los labios dejando asomar la satisfacción que sentía. Lo acercó hasta que sus ojos profundos miraron al interior de las cavidades vacías sin dejar de sonreír un instante. Cerró los ojos y beso con furia la boca de la osamenta. Apasionadamente recorrió cada diente con la lengua fundiendo las sensaciones con los recuerdos. Se separó nuevamente para ver de cerca las cuencas de esos ojos que solían contemplarla embelesados. Un escalofrío recorrió su espalda y sus muslos hasta encontrarse en su entrepierna. Había amor.
Tomó un pequeño abrecartas de plata del escritorio de piel café. Era un objeto bellamente decorado, con bajorelieves en la hoja y detalles en oro y madreperla. La luz de la única lámpara en la habitación jugaba furiosa con los bordes afilados de la herramienta, llenando de destellos su cabello negro y brillante.
Descansó en el borde sus pequeños y tersos brazos y prosiguió pacientemente con la tarea de retirar la poca carne que se negaba a bien morir, teniendo mucho cuidado de no dañar la aún esponjosa superficie del hueso. Después de unos cuantos minutos se sintió satisfecha. Era perfecto.
Envolvió el cráneo cuidadosamente y desvió su atención a los otros restos que estaban sobre la cubierta de piel: un par de ojos unidos aún por el tejido nervioso y un corazón que seguía palpitando como si fuese un pez fuera del agua.
Con un paño humedecido limpió las gotas de sangre que quedaban sobre las blancas esferas. Parecía que estuviera seduciendo a aquellos restos mientras colocaba tiernamente ambos ojos en un pequeño estuche de cristal hecho a modo de que quedasen paralelos el uno del otro, recordando la posición que tenían cuando formaban parte de un cuerpo. Cerró la tapa de la caja y la colocó al lado del cráneo cuidando que las pupilas estuvieran en dirección suya.
Se levantó felinamente de una forma que era al mismo tiempo teatral y seductora. Llevando el corazón, lo sostuvo con ambas manos, suavemente, permitiendo que latiera con cierta libertad entre sus dedos. Con cada contracción gotas de sangre salpicaban su cuerpo desnudo que ahora se mostraba en todo su esplendor: Una silueta delgada y ajustada, una suerte de contradicción de cuerpo núbil que se contraponía a una mirada de una intensidad avasallante, llena del poder de los siglos.
Apretó a su palpitante preso contra sus pequeños y blancos pechos echando hacia atrás la cabeza. Su negro cabello colgaba pesado apenas acariciando su recta espalda, arqueada con una fortaleza inusual para una mujer que parecería frágil en un primer momento.
La sangre seguía manando cómo si un mar rojo estuviera contenido dentro, y ella recorría sus curvas mientras los latidos se aceleraban y más y más. Roja sangre salpicaba su cuerpo escurriendo sobre la piel en ríos carmesíes como tatuajes rituales de alguna vieja hechicería. Cuándo los latidos eran tan fuertes que ya era difícil evitar que resbalase de entre sus manos lo llevó a su boca y lo sotuvo con ambas manos, mordiéndolo un poco. Sonrió triunfal mientras la sangre era expulsada en un frenesí brutal.
El tiempo pareció detenerse hasta que ella finalmente liberó al corazón carente por completo del líquido vital. Lo depositó apenas latiendo junto al cráneo y la caja de cristal y se alejó al centro de la habitación, sin dejar de mirar sus tesoros. Ahora su cuerpo era completamente rojo con la excepción del negro cabello ensangrentado y algunas pequeñas zonas dónde aún se asomaba la piel de marfil. Las gotas rodaban de los pezones hacia las caderas mientras su respiración se nivelaba poco a poco.
Levantó la mirada aún eufórica y perdida, y miro coqueta y dominante la caja de cristal donde había depositado los ojos. Estos eran de un color café obscuro, casi negros, y brillaban como si estuvieran hechos de joyería. Lentamente se paso la lengua por los labios y susurró: “Te amaré por siempre”.
Aquellos ojos detrás del cristal dilataron sus pupilas imperceptiblemente.
En manos de quién?…